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El otro año nuevo

Quienes damos clases vivimos dos calendarios. Está el gregoriano, ese que llega con uvas, abrazos y propósitos en enero. Y luego está el otro. El que comienza cuando termina el ciclo escolar.

Nuestro año nuevo huele a festivales de fin de curso, a despedidas, a fotografías grupales y, en mi caso, a una deliciosa semana probando distintas recetas de mole en cada comunidad. No hay mejor manera de cerrar un año de trabajo.


Estos días siempre invitan a hacer cuentas. No de las que caben en una libreta, sino de las otras: las canciones que ya pueden cantar, las guitarras que ya empiezan a sonar con seguridad, los coros que aprendieron a escucharse entre sí y las pequeñas conquistas que, vistas desde cerca, parecen diminutas, pero al final del ciclo cuentan una historia enorme.


También es momento de cambiar de ritmo.


El verano siempre mueve la brújula. Este año, además, cambió varios de mis planes. Así es la vida. Pero descubrí hace tiempo que cambiar de ruta no significa dejar de caminar.

Las próximas semanas estarán llenas de música, aprendizaje, viajes cortos y algunos reencuentros. Tengo muchas ganas de volver al salón con nuevas ideas, nuevos cantos y la misma ilusión de cada agosto. Porque, al final, ese también es uno de los privilegios de este oficio. Cada agosto, el camino vuelve a llenarse de flores, aunque todavía no sepamos hacia dónde nos llevará.


 
 
 

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